Web:
http://ww.sudamerica.cc

Descarga:
Este Documento en PDF
Fiel-EEUU Conferences. All Rights Reserved. •  Fiel USA are FIEL-EEUU events, a Church of God division. •  © 2007 Church of God.

La sociedad también se encuentra en un tiempo de grandes cambios de paradigmas y esto ha generado un caos que hasta la misma iglesia no sabe con exactitud su rol (ocurre en los EEUU ahora mismo). Los avances en derechos humanos, en tecnología y comunicaciones, el voto femenino, el reconocimiento del perjuicio del cigarrillo para la salud de los fumadores y los no fumadores, las políticas migratorias, la seguridad nacional, la pobreza mundial, la globalización, el sida, etc. El mundo cambia y la iglesia también debe hacerlo.

En este tiempo se están dando cambios que afectarán los próximos cincuenta años. Lo que hacemos como iglesia impacta también a largo plazo. Una iglesia pentecostal que prohibió a sus miembros estudiar en la universidad hoy está pagando el precio de una generación de hermanos sin título universitario. Peter Drucker dijo:

Cada cientos de años en la historia (humana) ocurre una transformación marcada. Cruzamos lo que (...) he llamado una “brecha”. Dentro de pocas décadas cortas la sociedad se reorganiza (y cambia) su cosmovisión, sus valores más básicos, sus estructuras sociales y políticas, su arte y sus instituciones claves. Cincuenta años después hay un nuevo mundo. Y los que nacen en ese momento no se pueden imaginar el mundo en el cual sus abuelos vivieron y en el que sus propios padres nacieron. Hoy estamos atravesando precisamente esa clase de transformación.

Los cambios generan caos y son precisamente los momentos de caos los que brindan una oportunidad a la iglesia para su renovación y reedificación a partir de su intención original. McBrien menciona que:
El espacio inevitable entre el Reino prometido y el Reino actual provee la oportunidad en la cual los miembros de la iglesia pueden con mucho amor desafiar a la iglesia para que sea más fiel a su llamado y a su misión. Pero la frase clave aquí es con mucho amor .

De manera que el desafío de la actualización puede ser visto como una amenaza a la comodidad establecida o como una oportunidad para renovar el compromiso de fidelidad con nuestro Señor.
            A esta fase del caos también se le llama el estado de reflexión, fase de una enorme ambigüedad porque todo lo anterior nos ha dejado en desorden; nadie sabe qué creer, cómo creer, a quién creer. Esta etapa debe ser vivida con respeto y paciencia. La transición entre antiguos patrones de realidad y las maneras nuevas de ver la realidad. Este es un estado peligroso debido a que podemos esquivar las preguntas fundamentales sobre nuestra identidad y propósito.

A partir del caos podemos establecer una novedosa integración personal o cultural. Aquí es donde debemos proponer, como Cuerpo de Cristo, los caminos nuevos y claros que necesita la sociedad. Tenemos el desafío de entender los tiempos y responder a ellos con las herramientas adecuadas. Esta es una oportunidad que no se repetirá hasta quién sabe cuántos años más. Y aunque quizá no veremos todo el fruto de nuestro peregrinaje, debemos iniciar y continuar en esperanza .

Tal vez la deformación que con el tiempo el cristianismo le ha hecho al Cristo de los Evangelios nos da una pista del porqué, en algunos sectores, el cristianismo ha perdido efectividad, generando una fe que no es capaz de transformar la cosmovisión de los individuos y comunidades que dicen profesarla. Produce frustración y enojo, pero muy a menudo nos encontramos con un cristianismo ambiguo, espurio, que no cuenta con la vitalidad necesaria para producir los cambios profundos que las personas y sociedades claman a gritos. Para hacer relevante al cristianismo hoy hemos sacrificado lo esencial, al Cristo de la historia.
            La iglesia de hoy ha perdido su sentido de misión olvidando la intención divina de la encarnación y exaltación. Hemos destruido lo fundamental del mensaje de amor de Dios dividiendo el cuerpo de Cristo en infinitos pedazos que han puesto en riesgo la identidad y misión de la iglesia. Este es un problema generalizado pero como pentecostales no estamos haciendo la diferencia. La falta de encarnación no nos ha permitido ser vehículos de transformación, sal y luz. La encarnación tiene que ver con actualizar nuestra manera de contextualizar el Evangelio.

Hemos “cosificado” y reducido a meras funciones algo tan sagrado como lo es la relación que ofrece Dios por medio de su Hijo amado. Hoy nuestro éxito cristiano es valorado en relación con la producción y no en cuanto a nuestra relación con Dios, con el prójimo y la identidad como sus hijos e hijas.
            Aquí estamos reunidos representantes de las ocho regiones hispanas de la Iglesia de Dios del país y la hispanidad en general, con la sincera intención de descubrir el camino hacia el futuro. Una cosa sabemos muy bien, la actualización (nuestra y de nuestras congregaciones) está directamente relacionada con nuestro alcance evangelístico. Si no cambiamos nuestras estructuras, nuestro estilo de comunicación y de liderazgo, nuestras formas litúrgicas y prioridades eclesiales, nuestro sentido de misión, visión y valores, sumaremos a las filas de miles de iglesias que no encuentran el camino y están destinadas a morir (sólo en los EE.UU. se cierran entre 6.000 y 8.000 iglesias evangélicas por año).

Desafíos de la Realidad Hispana

            Se hace difícil sintetizar la realidad hispana en un par de hojas debido a la complejidad y diversidad de estos pueblos. Permítanme sólo subrayar algunos factores de importancia que se deben tener en cuenta en el desarrollo de un plan de alcance evangelístico contextual e integral.
            Lo hispano o lo latino en los EE.UU. es un fenómeno de importancia creciente, aunque desigual: la comunidad tiene un enorme peso demográfico y económico, pero menor en el aspecto social y político.
            Comenzando por la demografía, actualmente estamos ante una población de unos cuarenta y tres millones de hispanos en los EE.UU. Si a principios de los setenta representaban el cuatro por ciento de la población, actualmente con un trece por ciento son la minoría más numerosa, por encima de los afroamericanos, con un doce punto siete por ciento. Después de México, los EE.UU. son el segundo país hispano del mundo, por delante de Colombia y España. Hay estimaciones que hablan de una población de cien millones de hispanos en los EE.UU. en el dos mil cincuenta .
            En cuanto a su composición, los mexicanos constituyen la mayoría, el sesenta y dos por ciento del total, lo que lleva a algunos a hablar de mexicanización, más que de latinización de los EE.UU. Les siguen los hispanos originarios de Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, Centro América (En particular El Salvador y Guatemala) y Sur América (sobresalen Perú, Ecuador, Brasil y Chile).

En el aspecto demográfico, también hay que mencionar la considerable concentración geográfica. El setenta y cinco por ciento reside en siete estados: California, Texas, Florida y Nueva York son los más numerosos. En algunas ciudades norteamericanas el cincuenta por ciento de los niños ya son hispanos. Por razones históricas y de proximidad geográfica, tiende a producirse la aglomeración de determinadas nacionalidades en áreas concretas: por ejemplo, de los cubanos, en Florida; o de los mexicanos, en California. El área de Nueva York, como en muchos otros aspectos, es diferente a todas las demás, ya que conviven todos los grupos. Es un gran experimento que nos permite anticipar cómo se puede desarrollar una comunidad hispana cada vez más numerosa y plural . En el caso de California del sur, el sesenta por ciento de los hispanos no hablan español, el veinte por ciento son bilingües y el otro veinte por ciento no habla inglés. Esto significa en términos ministeriales que hemos estado sirviendo casi exclusivamente a la franja del veinte por ciento que no habla inglés, dejando un gran vacío ministerial en el otro ochenta por ciento de la población hispana.
            De todas maneras, también hay que subrayar que el lenguaje se conserva más que en otras minorías, como los asiáticos, entre los que la misma tasa es del diez por ciento. Otro aspecto que permite ser optimistas es que, a largo plazo, puede haber un círculo virtuoso si se mantienen las oleadas migratorias: la segunda generación puede empezar a hablar más español. A ello también coadyuva que, por el peso creciente de lo hispano, entre los anglos también aumenta el interés por el español. Ahora mismo, es la segunda lengua extranjera más demandada, por delante del italiano, el francés o el alemán.
            Con todo, los hispanos están en desigualdad respecto a los “anglos”. Son víctimas de importantes discriminaciones salariales: ocupan los trabajos peor pagados. Uno de cada cuatro está bajo el umbral de pobreza (con una renta anual inferior a los 20.000 dólares). Otro dato significativo: el veinticinco por ciento no tiene una cuenta bancaria, con el obstáculo que ello supone en los EE.UU. para acceder a otras posibilidades. Igualmente, padecen una menor y peor cobertura sanitaria.
            Una de las mayores lacras es, sin duda, la alta tasa de ausentismo y fracaso escolar. Como mostró el movimiento “English Only”, en algunos Estados, en el sistema norteamericano de educación pública no hay todavía una apertura a lo hispano. Los niños de origen hispano sufren graves problemas de integración escolar.
            Siguiendo con los problemas sociales, uno de cada cinco latinos corre el riesgo de acabar en la cárcel (probabilidad próxima a la de los afroamericanos: cerca de uno de cada cuatro). También se dan fenómenos de segregación residencial. A esto hay que añadir que, en algunos casos, los anglos están abandonando ciudades como Miami o Los Ángeles a medida que aumenta la afluencia de los hispanos .
            Todo lo anterior no impide que, sobre todo en la segunda generación, empiece a emerger una nueva clase media: uno de cada cuatro hogares tiene una renta de entre treinta y cincuenta mil dólares. Esta clase media crece rápido, al setenta y dos por ciento.
            La presencia creciente de lo hispano hace que muchos latinos de segunda o tercera generación quieran descubrir las raíces propias. Hay un retorno a los orígenes: una retroaculturación. En los años sesenta los recién llegados tenían que americanizarse, renunciar a su identidad hispana. Ahora, por el contrario, aumenta el número de hispanos de segunda generación que cuando llegan a cierta edad se identifican como hispanos y desean ejercer su hispanidad. Las olas masivas de inmigrantes hacen que se dé la masa crítica que invita a los hispanos ya integrados a identificarse como tales. Los medios de comunicación de masas también abren posibilidades inéditas de cristalización de una nueva identidad. Podemos decir que la cantidad se transmuta en calidad . Surge así con fuerza el fenómeno de lo hispano.
            Lo característico del momento actual es la coincidencia en el tiempo de una fuerte ola migratoria con una ola identificatoria. En definitiva, tenemos incentivos tanto expresivos como materiales para hablar español y sentirnos hispanos. Esto no significa que en algunos sectores ocurra exactamente lo contrario. Aprender y perfeccionar el idioma inglés es una responsabilidad cultural y misionera.

El Desafío de un Ministerio Encarnado en el Siglo XXI

            Vivimos una época caracterizada tanto por el resurgimiento de las espiritualidades como por la imposición de una cultura gerencial en todos los ámbitos de la vida. Por un lado hay sed de Dios y de dioses, por otro lado, hay hambre de eficiencia y de productividad. Según Harold Segura, los dos factores explican, en parte, el caos en el que nos encontramos. Las espiritualidades han resultado espurias y la cultura gerencial, asfixiante.

En el ámbito de la fe cristiana, tanto católica como evangélica, se siente el influjo de estas tendencias. Nuestras comunidades de fe se ven forzadas a ofrecer fórmulas novedosas de espiritualidad (que “compitan” sin sentimientos de inferioridad con las demás “propuestas del mercado religioso”) y a aprender los mecanismos para hacer eficiente la iglesia y exitoso el liderazgo. Esta asimilación indiscriminada nos aleja cada vez más de nuestras raíces bíblicas y nos distancia del modelo que debemos imitar: Jesús. ¡Cuán lejos ha estado Jesús de muchas de las nuevas espiritualidades evangélicas y de los actuales patrones de liderazgo!
           
            También nos encontramos frente a una iglesia que en ciertos aspectos ha quedado frenada en la historia sin reaccionar o accionar frente a los grandes cambios que han venido experimentando nuestras sociedades. Resulta preocupante que comparando la iglesia y la sociedad actual con la que existía hace veinte años, sean más visibles los cambios sociales que los cambios en la iglesia. Con excepción de algunos “coritos”, la mayoría de nuestras iglesias hispanas siguen funcionando al estilo de la década de los sesenta y los setenta. No han variado al ritmo de los grandes cambios culturales y sociales que han experimentado nuestras regiones. Me pregunto, ¿por qué ha sido tan difícil cambiar?, ¿por qué ha sido más fácil seguir el patrón tradicional sin reconocer que los tiempos han cambiado, dejando obsoletos nuestros modelos de comunicación y conexión con el mundo al que deseamos alcanzar? Con esto no estoy insinuando que lo contemporáneo es más efectivo y eficiente que lo tradicional sino que en algún momento perdimos nuestro sentido de pasión y visión por los perdidos, justificándonos unos a otros diciendo que somos el “remanente santo”. El resultado es la desconexión de un mundo que se encuentra literalmente en llamas.
            En primer lugar, un ministerio actualizado y contextual debe ser encarnacional. Esto quiere decir que la iglesia debe asumir formas y métodos que sean relevantes y pertinentes a la sociedad y formas culturales contemporáneas. La iglesia debe desafiar críticamente estas expresiones socioculturales pero al mismo tiempo en forma creativa debe usarlas para tocar la vida de las personas en todas sus áreas.
            En segundo lugar, la iglesia debe tener un ministerio apostólico empoderador. Esto significa que debe cumplir con un ministerio que esté directamente relacionado con desafiar los poderes de este siglo que mantienen a la gente en cautiverio (1 Ts. 1:4, 5).
            En tercer lugar, la iglesia debe cumplir con un ministerio apostólico de transformación. Esto significa que la iglesia debe penetrar y renovar las estructuras sociales y políticas que tienden a deshumanizar a las personas, y al mismo tiempo, crear condiciones humanizantes y liberadoras para aquellos que están lastimados y quebrantados .
            No todo lo nuevo y novelesco es apostólico, pero no hay ministerio apostólico donde no haya un espíritu y voluntad de cambio mientras la iglesia navega en el mundo moderno. La iglesia es y debe operar como una comunidad carismática. El Espíritu del Cristo viviente que está dentro de la comunidad lleva consigo de una manera multiforme y universal todos los dones necesarios para su vida y misión. La iglesia es una comunidad carismática en relación con su misión y ministerios, vida y vocación . Sólo cuando la comunidad de fe responde fielmente a su naturaleza y origen, tiene el poder para transformar la vida, dándole dirección y energía, pasando su experiencia de una generación a otra .
            Hay una necesidad de ruptura profunda de esquemas: primero a nivel íntimo y luego a nivel institucional. Los cambios tienen que tener cabida en instituciones renovadas: el vino nuevo y aún el vino viejo tienen que estar en odres nuevos que permitan responder a la situación cambiante que se vive. La institución que no se abre a cambiar, dando lugar a la renovación y conservando su tradición esencial, muere . ¿Hasta qué punto tenemos espacios para que se viva la libertad en Jesucristo o más bien, extremamos nuestro celo denominacional al punto de esclavizarnos y a la vez servirnos de él como adormecimiento de las conciencias?
            Como en todas las épocas, la iglesia puede mantenerse relevante al mundo solamente cuando Cristo está presente en ella. El entendimiento del término sacramento tiene que ver con la afirmación de que la presencia de Dios se hace manifiesta. La iglesia puede pararse como un sacramento en medio de la sociedad solamente si encarna a Cristo y ejemplifica su Reino. Sólo cuando el Reino se hace visible en la iglesia, la iglesia se hace visible y relevante en la sociedad .
            No hay posibilidad de elección. La fe no nace en el vacío; sólo puede existir si está en una cultura. Es, en el fondo, la ley de la encarnación. Si no se puede hablar del ser humano en concreto sin concebirlo como cultura, entonces cuando la Palabra de Dios se introduce en la historia con Jesús de Nazaret, lo hace con todas sus consecuencias. Se da la paradoja más sorprendente. Lo más universal, la Buena Noticia de salvación ofrecida a todos, a través de lo más particular, el hombre Jesús y sus circunstancias de pueblo, familia, mentalidad, lengua, educación, vecinos. En la persona, en las palabras y en las obras de Jesús, ofrecimiento definitivo del Padre, encontraremos las huellas de la cultura en sus coordenadas de lugar y tiempo. ¿Y cómo, si no, podría haberse introducido en la historia el Evangelio?
            También la fe en Jesús y sus Buenas Nuevas son recibidas en comunidades con sus rasgos culturales propios, dando origen a los Evangelios. Y en las cartas de Pablo es claro que el rotundo testimonio apostólico utiliza como vehículo un modelo cultural determinado. Toda la historia de la Iglesia es una muestra de cómo el mensaje de Jesús ha necesitado mediaciones culturales para ser profundizado y transmitido, y la misma comunidad de creyentes se ha institucionalizado socialmente a través de modelos que tienen un origen cultural. Si no son posibles ni la fe ni la iglesia sino inculturadas, rechazar la inculturación de la fe y de la iglesia no es sino un engaño. Es vivirla inconscientemente. Con un enorme peligro: el de confundir la fe con sus mediaciones culturales y otorgar el valor de absoluto a éstas, que aun siendo necesarias y valiosas tienen un carácter limitado, efímero y provisional, justamente por ser obra cultural de la persona en crecimiento. Este es uno de los orígenes de los fundamentalismos religiosos. La absolutización de las mediaciones culturales que, por necesidad antropológica, encarnan la religión, muchas veces entorpecen la comunicación del Evangelio. Un claro ejemplo de esto lo observamos en aquellas iglesias que por ser únicamente fieles a su tradición generacional, se convierten en tradicionalistas y no logran impactar con el Evangelio la cosmovisión de las generaciones emergentes ni logran tocar las necesidades más profundas de las personas.
            El Evangelio habla inseparablemente de “otro Dios” y de “otra Humanidad”. Es un Dios distinto de aquel que era concebido como rival del hombre. Creer en Dios da nuevos horizontes al quehacer humano. Es un fermento de trascendencia que se traduce en quilates de esperanza y utopía. Dios y las personas coinciden en el deseo de “otra humanidad”. El Evangelio no puede sustituir a la cultura. Pero necesita de la cultura como mediación para ese trabajo de humanización a la cual Dios convoca. Y la cultura recibe, en el don gratuito, una confirmación de su tarea. Ambos, fe y cultura, miran incansablemente a un futuro que sea a la vez digno de Dios y digno del hombre. De ahí la sorpresa de K. Rahner al decir “es curioso que nosotros los cristianos, a quienes incumbe el riesgo radical de la esperanza en lo indisponible del futuro absoluto, hayamos incurrido en la sospecha de haber hecho de la voluntad de conservación la virtud fundamental de la vida”. Muchas de nuestras iglesias se han convertido únicamente en reservorios de tradición y han preferido olvidar la razón que les dio origen y misión.
            En resumen, la fe encuentra en la cultura la pluralidad de mediaciones necesarias para encarnarse hoy. Las mediaciones culturales precisan permanentemente ser regeneradas y reorientadas al servicio del hombre, y a esta conversión -al hermano y hermana- apela el Evangelio del Padre. La renuncia a encarnarse en una cultura implicaría la inviabilidad histórica de la fe. El rechazo de la dimensión religiosa por parte de la cultura empobrecería notablemente el horizonte de ésta. El diálogo fe-cultura puede ser difícil, pero, en cualquier caso, es indispensable para la misión de la iglesia.
            La primera actitud de la iglesia no puede ser la defensiva, ni menos la agresiva. Debe aceptar voluntariamente lo que es un dato físico: ser de su tiempo y de su mundo. Hay que abrirse a ese tiempo y a ese mundo y recibirlo como algo fundamentalmente positivo. Descubrir los valores como signos de los tiempos. Sumarse al esfuerzo de las personas que tienen hoy caracteres muy concretos. Impregnarse de la sensibilidad cultural actual. Pasar mucho tiempo escuchando, preguntando, asimilando, conviviendo. Dejarse poseer de una inmensa ternura hacia todos los que compartimos la aventura humana precisamente hoy. El cristiano se va haciendo al compartir el quehacer cultural con que hoy se configura la sociedad humana.
            Sólo desde la encarnación, desde adentro de la historia humana, la muerte de Jesús fue salvadora. Pero, precisamente por compartir con amor la vida de las personas, llega el momento de la cruz. Es signo de conflicto, contraste, incompatibilidad. Desde adentro de la cultura el creyente entra en conflicto necesariamente con lo que se ha establecido como orden y es desorden, con lo que el sistema quiere ofrecer como liberación y es explotación, con lo que es producto no de lo mejor de la persona, sino de su egoísmo y pecado. Pero este conflicto o contraste es legítimo con ciertas condiciones: que proceda de un discernimiento evangélico y no del automatismo o del miedo; y que se realice con amor, sufriendo más que haciendo sufrir.
            Pero ni la cruz ni la protesta contracultural tienen la última palabra. En Jesús resucitado la nueva humanidad ha comenzado ya, como primicias de una enorme cosecha. Lo que es presente para el resucitado es utopía futura para el resto de los hermanos y hermanas. No una utopía alienadora del presente, sino enormemente creativa. No puede ser la última palabra del cristiano el quehacer cultural, la crítica, por fundada que esté, sino la esperanza. Pero en la cultura no vale la esperanza teórica, sino la esperanza creativa, la que hace surgir signos pequeños de lo que se espera. Desde este punto de vista, el cristiano es transcultural, porque el futuro que espera no está vinculado al completo éxito de ninguna de las culturas, ni necesariamente vinculado a la historia personal de ningún individuo, sino que de su esperanza saca fuerzas para alentarlas creativamente a todas. Ninguna cultura llegará a la justicia, a la verdad y al amor. Pero la certeza del futuro en la persona cristiana le hará capaz de aportar siempre nuevos signos de justicia, nuevos signos de verdad, nuevos signos de fraternidad. Una fe que es capaz, aunque sea imperfectamente, de atreverse a trazar con el barro de esta historia los rasgos de la vida futura. Desde la eternidad Dios nos sorprende en la historia para llevarnos a su futuro deseado.

El Desafío de una Formación Ministerial Contextualizada de Alto Impacto

            Se está levantando una generación de líderes instantáneos, ignorantes de las cuestiones teológicas fundamentales y sin herramientas para discernir lo verdadero de lo falso. El entusiasmo del crecimiento de la iglesia en América Latina y su creciente presencia en todos los ámbitos de la sociedad ha servido para tapar “multitud de pecados”. Pero estamos entrando en un tiempo nuevo. El ritmo de crecimiento ya no es el mismo, el testimonio de la iglesia evangélica se ha debilitado y la labor pastoral está desprestigiada frente a la sociedad. Hoy muchos preguntan, ¿por qué si la iglesia creció la sociedad no fue afectada? Junto al crecimiento de la iglesia evangélica también crecieron la violencia, el alcoholismo, la corrupción... Es decir, por alguna razón el mensaje cristiano no ha trastornado al mundo y esto no es por debilidad del Evangelio, más bien responde a la forma en que ha sido comunicado, que no alcanza a afectar la cosmovisión de los individuos. Al no afectar la cosmovisión no hay transformación de la mente ni del corazón, y por ende, no hay transformación en la conducta humana.
            Creemos que este principio de crisis servirá, entre otras cosas, para que la iglesia revise su estrategia de preparación ministerial. La iglesia del siglo XXI deberá pensar seriamente qué clase de ministerio va a formar para que la sociedad sea transformada por el poder del Evangelio. Es imprescindible entrar en una etapa de revalorización del ministerio pastoral y del sacerdocio de todos los creyentes. Esto exige una apertura al funcionamiento de todos los dones, ministerios, fortalezas, y a la preparación no sólo de los pastores y pastoras, según el modelo tradicional, sino de todos aquellos llamados a servir.
            Evidentemente el nuevo siglo requerirá un retorno a los patrones bíblicos de misión. Nuevos escenarios han surgidos con los cambios culturales, políticos y económicos, como también el crecimiento del cristianismo entre los hispanos en los Estados Unidos. Los modelos misioneros tradicionales heredados de la mentalidad de la cristiandad y la era colonial ahora están obsoletos. Es tiempo de un cambio de paradigma que nos regrese a la Palabra de Dios . Las nuevas perspectivas requerirán un firme compromiso con los imperativos de la misión, los cuales son parte de la misma estructura de nuestra fe y un serio trabajo de erudición e interpretación bíblica. Samuel Escobar insiste en que debemos aplicar una “hermenéutica de caridad”, en vez de una “hermenéutica de la sospecha” . Como el teólogo Richard Mouw elocuentemente nos recuerda: “El futuro demanda un caminar juntos de mutuo entendimiento y aprendizaje para la misión” .

            Una vez más la misión será el punto de encuentro entre las iglesias y la educación teológica. Una formación ministerial teológicamente sólida tendrá sus raíces en el pasado pero sus ojos en el futuro. ¿Qué significa hacer teología del tiempo futuro? No es profetismo falso ni adivinación. Es saber discernir los signos de los tiempos, mostrar el rumbo y ayudar a la iglesia a entender y anticipar los desafíos. La velocidad de los cambios sociales, tecnológicos y culturales demandan de la iglesia respuestas cada vez más rápidas. Los seminarios deberían formar teológicamente para el mundo de mañana. Si así se hiciera, el ciento por ciento de los pastores y líderes querrían estudiar allí. El mundo secular se mueve de esta manera. Hoy en los mercados de futuro de New York, Londres, Chicago o Tokio se conoce el precio del trigo, oro o ganado del año 2015. Sabemos que el último modelo de computadora o teléfono celular que está a la venta tiene una antigüedad de por lo menos cinco años. Hoy está inventado lo que será el último modelo dentro de cinco años. Nadie compra cosas nuevas, todos compramos antigüedades desactualizadas. ¿Qué espacios hay en nuestras iglesias para la teología del futuro?
< AnteriorSiguiente >
David E Ramirez
Director Internacional
Sudamérica
Iglesia de Dios
________