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La formación del liderazgo efectivo para la realización de la missio Dei (misión de Dios) en los próximos años demandará el desarrollo deliberado y planeado de la inteligencia, especialmente en las siguientes áreas:

            Espiritualidad. Es la capacidad de valorar fundamentalmente la Palabra de Dios como principio absoluto para la vida y el desarrollo de todos los miembros de una comunidad. Surge y se desarrolla a partir de un encuentro y relación personal con Dios a través de Jesucristo. El rol de la persona del Espíritu Santo como el paracleto quien nos acompaña en un proceso de transformación de nuestra cosmovisión es absolutamente necesaria para seguir la voluntad de Dios en el cumplimiento de nuestra misión de vida.

            Contextualización. Es la capacidad de la iglesia para verse a sí misma en estrecha relación con la comunidad y el mundo del que forma parte. La adaptabilidad es un principio operativo central. Esta habilidad permite entender el contexto en el que servimos reconociendo las oportunidades que nos presenta la época. La contextualización agudiza la capacidad de discernimiento del “espíritu de la época” al punto de anticipar sus implicaciones. Con el desarrollo de esta competencia se hace más fácil y natural la lectura del contexto, sus necesidades más profundas y su cosmovisión, facilitando así una comunicación contextual con capacidad de transformación. Aquí se hace indispensable el aporte de la antropología cultural. Esta es una de las áreas donde nuestras regiones y liderazgo eclesial necesitan de asistencia.
¿Podemos reconocer que nuestra forma de interpretar las Escrituras no nos ha servido para entender la realidad en la que vivimos? Una correcta hermenéutica bíblica nos revelará la importancia de saber leer e interpretar el contexto donde estamos inmersos ministerialmente. No podemos tener una iglesia sana si no está involucrada en el mejoramiento de la comunidad enferma de la cual forma parte.

            Estrategia. Significa pensar con claridad en los objetivos, que además, deben ser compartidos. Planificar la acción. Habilidad para establecer por escrito y desarrollar planes cooperativos, creando el futuro y anticipando las consecuencias. Uno de los más grandes pecados en la iglesia es el “cortoplacismo”. Son pocas las iglesias y regiones que se benefician de un plan estratégico para los próximos quince años o más. La visión corta nos mantiene ejerciendo conductas improvisadas, viviendo el día a día sin un sentido de dirección ni destino. Los planes orales mueren con su creador. Usualmente quien asume debe “comenzar de cero” y reinventar la rueda, privado de la experiencia previa.

            Academia. Se refiere a la capacidad de valorar y promover la calidad en los programas de formación. Pero esto ciertamente incluye a los alumnos; Jesús fue muy selectivo al llamar a sus discípulos. Debemos elevar el nivel de expectativa que tenemos para el ministerio futuro y promover la participación activa de los ministros en su aprendizaje.

            Reflexión. Destrezas y procesos de control, reflexión y evaluación sobre la efectividad de la formación y ministerio en general. Hemos dejado pasar mucho tiempo sin sentarnos exclusivamente a pensar cómo evaluar con objetividad la eficiencia y efectividad de nuestras acciones.

            Pedagogía. Organización y capacidad de aprender sobre el aprendizaje. La actualización en esta área se refiere a conocer y beneficiarnos de los avances que ya ha hecho la sociedad, por ejemplo, la teoría de las inteligencias múltiples. Algunas iglesias continúan enseñando con el método escolástico, conformándose con que los alumnos “aprendan de memoria” las enseñanzas de la Escuela Dominical (memorizadas por el maestro para la ocasión). Pero esa forma de enseñar tuvo sentido cuando el acceso a los libros era limitado; la única forma de retener el conocimiento era a través de la memorización. Hoy, la información está al alcance de un bebé que pueda mantenerse erguido y controlar su dedo índice.

            Colectividad. Capacidad del ministerio para trabajar juntos. Debemos entender que todos y todas tenemos algo de valor que aportar y que la suma del todo es más que cualquier contribución individual. Cada miembro de la iglesia llega a lugares particulares, conoce a personas determinadas, atraviesa situaciones específicas... La riqueza de la diversidad del cuerpo de Cristo solamente se aprovecha cuando reconocemos que el otro tiene algo que nosotros no tenemos. Todas las personas tienen fortalezas propias para aportar y hacer un mosaico que nos permita obtener las respuestas que hoy necesitamos para responder a los grandes desafíos de la sociedad.

        Ética. Se refiere a reconocer la importancia de los derechos de los ministros y la necesidad de involucrarlos, darles la libertad de sentir, expresarse y ser ellos mismos.

        Futuro. También se conoce como prospectiva. Se refiere a un proceso sistemático y participativo que construye visiones a mediano y largo plazo destinadas a influir sobre las decisiones presentes, y a movilizar acciones conjuntas para comprender los retos que plantean los desarrollos tecnológicos, económicos y sociales . Desde la perspectiva de la formación ministerial también debemos facilitar el desarrollo de la prospectiva para la construcción de visiones a mediano y largo plazo que incidan sobre las decisiones presentes y movilicen acciones conjuntas denominacionales y del Reino alineadas con la missio Dei.

El Desafío de una Pastoral Hispana Relacional y Relevante

            Lamentablemente en el seno de la iglesia también encontramos ejemplos del poder dañino de las prácticas eclesiales que alejadas de la pasión (que debe siempre acompañar a la transmisión de las Buenas Noticias) se transforman en frías fórmulas carentes de pertinencia. Es lamentable que también la iglesia ha reducido su misión al quehacer dejando de lado lo más importante, que es el ser y su relación con el otro. Creemos que hacer es más importante que ser.

Recuerdo muy bien que en una experiencia de ministerio supervisado en el Memorial Hospital System en Houston, Texas, Dios me volvió a enseñar que es más importante la relación que cumplir con una serie de tareas mecánicas y frías. Esto ocurrió cuando conocí a don Marcos, un anciano mexicano que había sido diagnosticado con leucemia y estaba esperando la muerte. Mi intención era “evangelizar” a don Marcos antes de que partiera a la otra vida, pero quería cumplir con esa tarea de la forma mecánica, funcional y tradicional que me habían enseñado en mi iglesia y seminario. Tenía que hacerle repetir al paciente una fórmula en la que se reconocía pecador, necesitado de un Salvador y aceptaba a Jesús como tal. Entré a su habitación y después de presentarme como capellán le pregunté si quería charlar acerca de Dios. Me contestó con una voz fuerte y precisa: “Mi querido capellán, Dios no está aquí… él se encuentra ocupado atendiendo asuntos mucho más importantes alrededor del mundo. ¡Qué le va a importar a Dios mi persona cuando no le importo ni siquiera a mis doctores y enfermeras…! Ellos vienen de vez en cuando sólo para abrir un poquito la puerta y confirmar si todavía estoy vivo. Cómo le voy a importar a Dios si mis propios hijos vienen de noche y entran a mi cuarto en silencio directamente a mis pantalones en busca de mi billetera… sólo quieren sacarme la plata. ¡No, señor capellán!, Dios no está aquí”.

            Ese mismo día me di cuenta que en ocasiones despersonalizamos tanto el ministerio que lo hacemos algo mecánico, formal y estereotipado. En realidad no nos interesa establecer una relación con don Marcos, no nos interesa pasar tiempo con él, no es nuestra intensión ni deseo escucharlo más de lo necesario, sólo queremos asegurarnos que haga la oración de fe y así poder contarlo como un alma más en nuestras estadísticas ministeriales. En ese momento me dirigí a la enfermería para pedir permiso y así poder visitar a don Marcos todos los días de diez a quince minutos y ofrecerle una taza de café. La enfermera me dijo que estaba muy bien pero que el café le podía hacer daño. Recuerdo que pensé, “que tanto problema con el café si el viejito se está muriendo de todos modos”. Todos los días visité a don Marcos, lo único que nos separaba era la taza de café. Conversamos de todo, me contó la historia de sus hijos, de su esposa, de cómo se sintió cuando le dijeron que su enfermedad era terminal.

            Tres meses después, en una de mis programadas visitas a don Marcos, al entrar en su habitación me detuvo en el camino con una voz alta y segura diciéndome: “Capellán, ¡Dios está aquí!”. Al otro día, cuando volví a verlo su cama ya estaba vacía. Seguramente se fue a caminar con su nuevo amigo, Jesús.
            Hasta hace poco la naturaleza del trabajo pastoral en las iglesias y seminarios había tenido una orientación básicamente funcional. El énfasis se ponía en lo que se debía hacer frente a una persona en crisis. Hoy nos damos cuenta de que no es sólo lo que se hace sino fundamentalmente, lo que se es.
      Incluso en nuestra formación espiritual, en ocasiones caemos en la tentación de pensar en técnicas, pasos, cosas que se deben hacer para el desarrollo espiritual. La seducción de poner el énfasis en lo que hacemos, en los métodos, en los programas “más efectivos” para la adoración. Las últimas modas en los modelos de “alabanza y adoración” que en un momento ayudaron a la iglesia a modernizar la liturgia, hoy se han convertido en una limitante para la creatividad y han frenado la autenticidad en la adoración moderna, porque la iglesia volvió a encerrarse en sólo una forma de adorar: antes eran los himnos y sólo los himnos; hoy son sólo las canciones de moda hechas por otras personas.

Con cuánta frecuencia vemos la adoración como algo que hacemos para estar bien con Dios, en vez de ofrecernos a Dios en adoración y así disfrutar la profundidad de su presencia amorosa. Hoy la iglesia se conforma con la celebración sin un sentido de sacrificio, con una actitud de victoria sin necesidad de sufrir una batalla. Celebramos por celebrar (actividad programada), pero cantamos victoria de memoria sin comprometer nuestro compromiso con el Señor de la victoria, y alguien puede cantar coros de victoria pero vivir completamente derrotado: funcionar sin una relación.

La preeminencia de la relación sobre las funciones se enseña claramente en el bautismo de Jesús. Allí surgen dos elementos; el primero es ser empoderado o investido. Jesús recibe poder para su ministerio a través de la unción del Espíritu Santo. El segundo elemento es el llamamiento. Jesús recibe su llamamiento a través de la voz celestial que le dice: “Tú eres mi hijo”. En este punto Jesús tiene una clara conciencia de su llamado para ser el hijo de Dios en su vida terrenal. El bautismo de Jesús es una experiencia de investidura (empoderamiento) para su llamado ministerial. La intención de este pasaje no es darle poder a Jesús para legitimar su identidad y relación con su Padre, más bien es investido de poder para hacer la obra del Padre.

La tarea de la iglesia es “comunicar” el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo con palabras y hechos: ser testigos (con toda nuestra vida) de Jesús, quien guía a los pecadores arrepentidos hacia la salvación eterna. Por eso es lamentable una cierta tendencia misionera que reduce esta “comunicación” a una mera técnica de mercadeo: Se ofrece un producto llamado “salvación”, el consumidor es el pecador y quien hace el negocio es el misionero, evangelista o líder eclesiástico. El misionero entra y sale de este castillo donde se mercadea la “salvación”, involucrándose poco y nada (porque no lo considera necesario) en la sociedad del consumidor. Lo que falta en dicha acción es una vida comprometida que acuse redención en la sociedad. La vida de Cristo fue testimonial y redentora, por eso debemos ser agentes de redención en la sociedad donde Dios nos ha puesto. Sólo el equilibrio entre una vida redentora con el aspecto comunicacional del Evangelio evitará caer en el profesionalismo y en la comercialización de la tarea misional de la iglesia .

Al comunicar el Evangelio debemos ser proféticos y desafiar los valores de la sociedad que la conducen hacia la alienación, la opresión y el crimen social. También somos llamados a responder con una sincera compasión a las necesidades de los pobres, inmigrantes, huérfanos, familias quebrantadas, la niñez, adolescencia y ancianidad… Frente a la persecución el llamado será a defender el Evangelio y nuestra lealtad al Señor Jesucristo, la cual será fuertemente probada. En todas las circunstancias, debemos indicar a las personas el camino del Señor y la salvación que otorga gratuitamente a los que creen en Él.
Hay una provisión divina para cada tarea que la iglesia emprenda como muestra del compromiso cristiano con su contexto. El Espíritu Santo crea y recrea a través del tiempo las herramientas que la iglesia necesitará en su momento para ejercer la misión. El Espíritu del Cristo viviente que está dentro de la comunidad lleva consigo de una manera multiforme y universal todos los dones necesarios para su vida y misión. La iglesia es una comunidad carismática en relación con su misión y ministerios, vida y vocación . Sólo cuando la comunidad de fe responde fielmente a su naturaleza y origen, tiene el poder para transformar la vida, dándole dirección y energía, pasando su experiencia de una generación a otra . El Espíritu Santo tiene un trabajo permanente en la vida de la iglesia. Él ilumina las Escrituras dando nuevo entendimiento y dirección para la vida y misión de la iglesia.

A veces es la Palabra la que trae una nueva visión, en otras ocasiones es el Espíritu quien hace temblar toda la estructura tradicional y conformista; ambos se sostienen e interpretan mutuamente. Las palabras explican los hechos y los hechos validan las palabras. Donde la comunidad vive en fidelidad el Espíritu se manifiesta .
Necesitamos convertirnos en una comunidad de adoración, de verdad, de amor, de servicio, y sobre todo, debemos convertirnos en una comunidad de esperanza.

Desafíos que Merecen Nuestra Atención Inmediata

            La imagen que por lo general tenemos de la iglesia es la de un pastor mirando a sus ovejas y las mismas mirando al pastor. Ambos dándole la espalda a la comunidad inmediata. Cuando en una iglesia local todos miran al pastor mientras habla y el pastor mira a todos, tanto el pastor como la gente le están dando literalmente la espalda a la ciudad. Sin embargo, el pastor debe ser el primero en fijar sus ojos en quienes están afuera y ser ejemplo de servicio cristiano a la comunidad.
Debemos poner nuestros ojos donde los puso Jesucristo: en los de afuera, en los que no tienen esperanza, en los más frágiles de la sociedad, en los niños y niñas, en la juventud que se pierde, en los ancianos que mueren sin esperanza. Para esto debemos hacer ciertos cambios radicales, litúrgicos y misionales, con el fin de alcanzar a los que no han sido alcanzados. A mi entender, debemos revisar con urgencia los siguientes factores.
            Predicación. Para predicar a la segunda y tercera generación de hispanos se requiere un cambio radical de estilo y forma. ¿Por qué? Porque hoy la audiencia no entiende nuestro lenguaje religioso, la culpa ya no los motiva, el pecado no les resulta un asunto clave (piensan en términos de heridas y necesidades, significado y propósito). Carecen de esperanza, no confían en los líderes, les falta dirección, ven la verdad como algo relativo. Por eso el mensaje de hoy debe ser relevante, bíblico, bien preparado, pragmático (un mensaje para el día lunes), más dialogal, con mucho contacto visual, fuera del púlpito (para facilitar la comunicación), concreto, con humor, historias, ilustraciones, auténtico, no debe asumir nada. La audiencia actual aprecia series de sermones, con títulos atractivos, que se prediquen con pasión y entusiasmo. Prefiere el uso de la narrativa, cuentos, historias, elementos visuales, íconos, etc. La gente de hoy quiere que su predicador/a mantenga la integridad del Evangelio. Se debe evitar la idolatría de las palabras religiosas en el púlpito .

            Música. La adoración tradicional usa un lenguaje religioso que puede confundir a la gente joven y a los de afuera, porque no entienden los conceptos teológicos mencionados. Aunque son una alternativa para nuestros cultos dentro de la comunidad de fe, los himnos pueden ser difíciles de cantar para quienes no están habituados a ese estilo musical. Y ciertamente deben ser adaptados para las generaciones más jóvenes, en especial para los de afuera. La adoración tradicional se percibe desconectada con la vida, carente de intimidad; quizá porque no puede ocultarse el hecho de que fueron creados en y para otro contexto.
Debemos preguntarnos qué comunica la música que usamos en nuestros servicios religiosos y en quién pensamos cuando escogemos la música y organizamos el culto. ¿Pensamos en la comunidad que deseamos alcanzar o pensamos en no alterar los gustos de los feligreses? La propuesta es usar música contemporánea en la liturgia, fomentar la creatividad de los músicos y autores para que la congregación pueda cantar su vivencia con Dios e incluir aquellos cantos e himnos que conectan a la iglesia con su tradición.

Duración de los cultos. La duración de los cultos por más de dos horas es considerada excesiva por las generaciones visuales. Se debe trabajar en los tiempos (más no significa mejor) y programar las transiciones para aprovechar el tiempo al máximo. Hay que programar los servicios dominicales para que sean sensibles y amigables a los visitantes. Muchas personas visitaron una vez un servicio pentecostal para nunca más volver a visitar una iglesia evangélica.

Contenido de los cultos:       

Recomendaciones litúrgicas:

Con el fin de alinear la iglesia a su propósito, Dios ha intervenido en la historia a través de todo tipo de avivamientos, despertares espirituales, reformas y contrarreformas. El objetivo es recordarle que existe para ser su cuerpo en la tierra. Hay esperanza para la iglesia mientras siga siendo la iglesia de Jesucristo.

Hoy depende de nosotros seguir un proceso de reformas que, guiados por el Espíritu Santo, debemos alentar con el fin de transmitir con amor las Buenas noticias a un pueblo tan diverso y complejo como lo es el hispano de los Estados Unidos de América. Entonces, para correr con los más rápidos y veloces, para correr con los caballos, la actualización ministerial es fundamental. ¡Aleluya!
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David E Ramirez
Director Internacional
Sudamérica
Iglesia de Dios
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